Aprenderé a arder
¿No es extraño? Nunca supimos lo qué nos deparaba el destino, sin embargo creímos que lo encontraríamos. Nunca supimos porque soñabamos con aquellos seres increibles, pero creímos que los conoceríamos. Nunca pudimos ver más allá de lo que nuestros ojos nos permitían alcanzar, y aún así confiabamos en diminutas sensaciones congeladas en frases célebres y díálogos alejados de la realidad. Hubo un día en que todo se detuvo, en realidad yo lo paré todo. Pero aún así mi alma, razón y emoción dadas de la mano, perdieron lo que nadie jamás conoció de mi interior, en un fatuo intento de publicar mis más profundos secretos. Si hubieran sabido que no iba a servir de nada se hubieran marchado mucho antes. Se fueron, tarde pero se fueron a ese mundo, mi mundo, el que ya no era mío ni de nadie, no tenía dueño, y por eso los que nos encontrabamos allí nos encontrabamos agusto; y por eso los que nos encontrabamos allí nos encontrabamos vacíos. Sin nadie a quien abrazar las mañanas de aquellos domingos de enero, esos en los que el frío te arropa con dulzura para que mantengas tus píes dentro de la cama. Si pudiera volver atrás... Nada cambiaría. Volvería a aquellos discursos negligentes en los que el interior se convierte en fachada para cobijar algo aún más oscuro. Los pensamientos amorfos, los sentimientos informes, hasta alcanzar el sin fin de realidades que propulsan el dolor a través de una sonrisa. Porque es más fácil creer en lo que no se ve. Es más fácil creer. No implica seguridad, genera preocupación, despierta nuestro interés y nos hace sentir vivos. ¿Para qué atravesar la puerta? Nadie lo dudaría jamás, pero las inseguridades no suelen confíar en las dudas. Es por eso por lo que no nos preocupa llenar las noches con vacías conversacíones con muñecas de cristal y flores de papel. ¿Por qué iba a hacerlo?
No es extraño.
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